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Lo que no se dice...

25 de noviembre de 2025
Lo que no se dice...
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TIEMPO. - Por enésima vez, Guachochi regresa a los titulares locales no por una obra pública, no por una iniciativa comunitaria, sino por el sonido de las detonaciones que perforan la madrugada. Ayer el resplandor de los disparos de las armas de fuego iluminó el negro y frio panorama de la serranía.

CITA. - Se trata más que de un hecho aislado, un recordatorio cruel de la realidad nacional: la violencia persiste porque quienes deberían contenerla fallan, y quienes la ejercen avanzan sin encontrar resistencia efectiva.

PESO. - Nuevamente ¿habrá de sesionar otra vez la mesa de seguridad?, por lo menos a ver si se logran otras tres semanas de una fingida paz, pero, ¿Cuántos muertos se necesitan para que sesione la mesa estatal en algún lugar?

RESULTADOS. - Mientras no se tengan resultados palpables y tangibles, las reuniones de la mesa de seguridad terminaran convertida en un ritual burocrático que en el mejor de los casos solo alcanza para tres semanas de paz, un lapso tan breve que en sí mismo es un diagnóstico.

PETICION. - Cuando la ciudadanía suplica por 21 días sin balas, el Estado ya perdió algo más profundo que el territorio: perdió autoridad moral y capacidad de gobierno.

PAIS. - Lo que ocurre en Guachochi no es un caso aislado, sino un microcosmos del deterioro institucional del país. Las fuerzas fácticas actúan con la soltura de quien sabe que la autoridad es incapaz o está agotada. La tibieza gubernamental no solo erosiona la confianza: agrava la impunidad al permitir que el delito se convierta en la norma.

NIVELES. - La Fiscalía estatal, al menos, da la cara. Pero “dar la cara” no es sinónimo de “resolver”. La federación, por su parte, es la materialización de la ineptitud, no habla porque el silencio le ayuda a no evidenciarse y delatar la ineficiencia de la tarea que les ha encomendado la nación, socialmente son percibidos como los cómplices idóneos del estado de guerra en el que estamos, tanto por lo que dice, sino por lo que deja de hacer. En la política mexicana, la omisión suele ser la forma más útil —y menos ruidosa— de complicidad.

CERTEZA. - La incapacidad de las fuerzas del orden para someter a grupos criminales no es ya un señalamiento coyuntural: parece haberse institucionalizado. El fracaso deja de ser un evento y se convierte en estructura. La comunidad indefensa es incendiada y replegada, cautiva en sus hogares es atemorizada del miedo colectivo, ¡cómo han cambiado los tiempos! Los delincuentes en la calle gozando de plena libertad y los hombres y mujeres de bien, presos pagando el delito de ser buenos y negarse a convertirse en violencia y muerte.

TIERRA. - La historia se repitió como tantas veces ayer por la noche en Guachochi, otra vez los pobladores atrapados en medio de la violencia mientras las autoridades de los tres niveles retroceden hacia posiciones simbólicas, pero no operativas, están en el pueblo, pero ¡no están ausentes! Para qué sirve entonces un gobierno que no puede garantizar lo mínimo: vivir sin miedo.

FUEGO. - México sigue en una guerra no declarada, sin cuartel y, peor aún, sin estrategia integral. La violencia se recicla porque las soluciones oficiales siguen siendo las mismas mesas, los mismos discursos y las mismas promesas repetidas hasta la fatiga que ayer quedó claro, ¡presumen resultados superficiales, tapan el problema, pero no lo resuelven!

LISTADO. - Guachochi ardió ayer otra vez, pero podría ser cualquier otra comunidad mañana, los hechos son los mismos solo hay que cambiarle de nombre y coordenadas, ¡el problema es el mismo! El fuego en la serranía no solo ilumina la noche: ilumina también la incapacidad del Estado para restaurar el orden y garantizar la convivencia. Lo que está en disputa no es un territorio, sino la vigencia y dignidad del pacto social.

VALOR. - Hasta que no haya una voluntad real; política, operativa y ética para enfrentar a los grupos criminales, la nación seguirá escuchando el mismo eco: disparos, silencio gubernamental y comunidades suplicando por semanas de paz en un país que debería garantizar la perene tranquilidad por la que se ha pagado históricamente en las revoluciones de México.


Desde la Rumorosa…

MEMORABLE. - Ayer fue un día que quedará registrado en la memoria colectiva, no solo por la magnitud de la movilización que paralizó al país, sino porque reveló un hecho contundente: Las instituciones han fallado a la nación y las fuerzas vivas ocuparon su lugar al enarbolar las causas sociales más allá del discurso, ¡en los hechos!

VERGÜENZA. - Lo que no han conseguido los legisladores ni los opositores en el terreno político formal, lo hicieron campesinos y transportistas en las carreteras: convertir el hartazgo social en una demostración masiva de poder ciudadano.

MAL.- La jornada de protesta colapsó distintos puntos del país y con ello enviaron un mensaje claro al gobierno federal y a toda la clase política: la sociedad está llegando a un límite. La inconformidad ya no cabe en discursos moderados ni en comunicados institucionales; se desborda en acciones que alteran la normalidad nacional.

ACCIONES. - Las movilizaciones de ayer no emergen en el vacío. Son la consecuencia acumulada de años de descontento, de promesas incumplidas, de percepciones de abandono y de una creciente sensación de vulnerabilidad. La influencia del crimen organizado y la incapacidad gubernamental para contenerlo han dejado huellas profundas en la vida pública, alimentando una indignación que trasciende ideologías y fronteras partidistas.

DELINCUENCIA. - Es también significativo que, aun en un contexto donde grupos criminales controlan territorios y condicionan dinámicas sociales, miles de ciudadanos hayan decidido salir a protestar. En cierto sentido, el repudio a la propia permanente presencia delictiva y la fragilidad institucional se volvieron motivaciones centrales para hacer la movilización.

PARO. - El paro nacional —con todas sus incomodidades, tensiones y daños colaterales exhibió algo esencial: hay sectores que ya no encuentran respuesta en los canales tradicionales del Estado. La protesta se convirtió en el vehículo de expresión de una frustración que rebasa a partidos, gobiernos y estructuras formales.

SIGNOS. - Ninguna autoridad puede darse el lujo de interpretar estas movilizaciones como un episodio pasajero. El mensaje no se envió únicamente al gobierno federal e interpeló al aparato político completo: la representación institucional está en crisis y la ciudadanía se está organizando al margen de ella.

AFECTACION. - Sin embargo, la jornada no estuvo exenta de daños colaterales. Bloqueos, retrasos, pérdidas económicas y afectaciones a terceros formaron parte del panorama del día. La normalización del costo social de la inconformidad es un indicador más de la descomposición del diálogo entre ciudadanía y Estado.

MIOPIA. - Si las autoridades no leen este movimiento con seriedad, si se limitan a minimizarlo o a interpretarlo en clave electoral, perderán una oportunidad crucial para reconstruir la relación con sectores que se sienten abandonados. Lo de ayer no fue un acto aislado; fue la manifestación visible de una tensión que se venía gestando desde hace tiempo y que seguirá creciendo si no se atienden sus causas profundas.

REAL. - El país vivió un día histórico no por la paralización que sufrió, sino por la contundencia con que la ciudadanía recordó que la gobernabilidad no se sostiene solo desde las instituciones, sino desde el consenso social. Y ese consenso, hoy, está más frágil que nunca.

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