Comer lumbre
20 de octubre de 2026

Sota, Caballo y Rey
Dr. Fernando A. Herrera

México nunca fue un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos. Fue un problema, un dolor de cabeza, un socio incómodo. Pero no una amenaza.
Hoy lo es, y conviene preguntarse en qué momento cruzamos esa línea sin que nadie en Palacio Nacional pareciera notarlo.
La respuesta cabe en una palabra: fentanilo. Para Washington no es una droga; es un arma de destrucción masiva. Lo dijo por escrito el propio presidente estadounidense hace diez meses, cuando lo clasificó así.
No hace falta un doctorado para entenderlo: basta contar los muertos. Un país que pierde decenas de miles de ciudadanos al año no lo ve como un problema de salud pública, sino como una agresión.
Y quien produce y exporta el arma se convierte, quiera o no, en su enemigo.
Ese cambio no es retórico. La maquinaria del gobierno vecino está en modo activo: cárteles declarados terroristas, una fuerza de tarea militar dedicada a ellos, una estrategia antidrogas que da por terminada la era de la contención. Y un presidente que repite, cada vez con menos cortesía, que los cárteles controlan México y que lo de tierra apenas empieza.
Nadie en su sano juicio quiere tener a ese país en contra. Basta mirar alrededor. En Honduras y Argentina, Washington metió las manos en las urnas sin disimulo; en Ecuador, Chile y Bolivia lo hizo con más discreción; en Venezuela, de plano con la fuerza.
Entonces, ¿por qué dejó que México llegara a ser un problema igual o peor que aquellos?
Quizá porque México pesa demasiado para tratarlo como a Honduras. Quizá porque creyó que la cooperación bastaría. O quizá no lo dejó:
simplemente le dio más cuerda. Y la cuerda, como la paciencia, se acaba.
Por eso cuesta entender lo que pasa en Palacio Nacional.
O no lo entienden, o comen lumbre.
Se dice, y se dice cada vez más fuerte, que hay sectores del gobierno coludidos con el narco. Si así fuera, la pregunta es elemental: ¿no saben que pueden perderlo todo?
El poder, para unos. La libertad, para otros. Y para quienes ya cargan la etiqueta de terroristas, la vida misma.
Washington no distingue entre el que dispara y el que protege al que dispara. Si alguien lo duda, ahí están las acusaciones que ya pesan sobre figuras como Rocha Moya.
Dirán que hay cooperación, que cayó El Mencho, que se han enviado capos al norte. Es cierto. Pero la cooperación que se presume en la mañanera no es la que se percibe del otro lado. Allá leen otra cosa: que la colaboración se enfrió, que los nombres que piden no llegan y que, mientras tanto, Morena perfila candidatos con expedientes abiertos.
La gente pensante no ve a Morena en el poder más allá de 2030. Yo creo que el plazo puede ser más corto. Los regímenes no siempre caen por la oposición interna; a veces caen por la presión externa que se negaron a medir.
Y el primer termómetro será 2027. Si para entonces no han entendido, las urnas podrían cobrar lo que el gobierno no ha querido resolver.
El problema no es que Estados Unidos presione. Siempre lo ha hecho. El problema es creer que esta vez será igual, que basta con un discurso de soberanía y unas cuantas entregas para calmar al vecino.
No han medido bien lo que puede pasar.
O quizá sí lo midieron. Y decidieron seguir comiendo lumbre.
Decía mi abuela que el que con leche se quema, hasta al jocoque le sopla. A estos, ni la quemada los deja ver el peligro en que están.

La Expresión Continúa...





