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El derrumbe de Morena

31 de octubre de 2026
Dr. Fernando A. Herrera

Dr. Fernando A. Herrera

Sota, Caballo y Rey

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El universo lleva implícita su propia destrucción. Esa entropía, la tendencia natural de todo sistema al desorden, se presenta también en las organizaciones. Morena ha entrado en un proceso en el que sus excesos lo rebasan, y cada día le resulta más difícil mantener el control de la narrativa. Esa pérdida constante de control se va convirtiendo en un efecto multiplicador que en algún momento se volverá un desastre político, como el Armagedón bíblico que muchos esperan.

Morena no terminará este año con los números con que lo empezó; el próximo será peor, y esa tendencia será decisiva en 2030. El grupo heterogéneo que conforma ese movimiento ya no tiene al jefe máximo. López Obrador no lo controlaba a la fuerza, ni a través del partido: ejercía un control de daños gracias a la consideración especial que le tenía la sociedad. Bastaba con que dijera que a Ovalle lo habían engañado, que era su amigo, que era honesto y que él respondía por él, para que el tema Segalmex se acabara. Eso ya no existe. De hecho, Claudia Sheinbaum fue elegida precisamente porque carecía de base política propia. López Obrador esperaba que su hijo y Luisa María Alcalde le controlaran el partido, y desde ahí planeaba hacer lo que en su tiempo hizo Plutarco Elías Calles. Hoy Alcalde ya ni siquiera está al frente de Morena.

Aquí está la paradoja. El partido ya no lo controla nadie: son tantos los grupos que resulta incontrolable. La presidenta conserva una aprobación cercana al 70 % y, por alguna razón, seguirá siendo más o menos aceptada, aunque perderá puntos en el camino. Pero no tiene la llave para transferir esa aceptación al partido. Y como no tiene, ni ha tenido, una base política que la sostenga, solo ejercerá sus facultades como titular del Ejecutivo. No es poco poder, pero los grupos de tunantes y pillos que habitan Morena la superan en colmillo político. Incluso en su gabinete, la mitad sigue atenta a órdenes que llegan de otro lado.

Morena se ha vuelto incontrolable: cada grupo jala por su lado, cada escándalo se suma al anterior y nadie tiene autoridad para poner orden. Una presidenta que se esfuerza por verse serena, pero que en privado explota, como ella misma reconoció que ocurrió con Maru Campos, no puede controlar a grupos tan distintos y con intereses cruzados. El ejemplo es el INE: ni lo vio venir.

Los escándalos seguirán brincando por todos lados: en los 17 estados en juego, en los 31 congresos locales que se renovarán y en los demás cargos. Los jóvenes y la clase media se dan cuenta del desorden y de que son ciertas las innumerables fallas, y su voto irá cambiando conforme siga saliendo tanta corrupción.

Un matapersos va a la cárcel, qué bueno, se lo merece, y la fiscal de la Ciudad de México sale a presumirlo. Cómo nos gustaría que presumieran haber encarcelado a la enorme lista de corruptos que acumulan. Pero no: en la cárcel están César Duarte y César Jáuregui, y a la gente le dan atole con el dedo, mientras sus innumerables corruptos están en el Senado, haciendo campaña o mandando desde la mecedora a una gobernadora interina en Sinaloa. Todos los suyos, libres y felices, aunque los reclame Estados Unidos.

Y nomás falta que la Taddei se sume a los intocables.

La Expresión Continúa...

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