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Lo más delgado

20 de octubre de 2026
Sota, Caballo y Rey

Sota, Caballo y Rey

Dr. Fernando A. Herrera
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La cuerda se rompe por lo más delgado.


Ayer vimos una escena que hace un mes parecía imposible: la presidenta y la gobernadora contando la misma historia. Ninguna lo dirá así, pero eso fue: fumaron la pipa de la paz. Una entregó al fiscal con la orden firmada en casa; la otra le respondió desde el atril que, hasta donde ella sabe, no hay prueba en su contra. Trato hecho, aunque nadie haya firmado nada.


Y aquí viene la pregunta que nadie en ninguno de los dos palacios quiere contestar: si hubo paz, ¿por qué tuvo que haber sacrificio?


Las paces, cuando son de verdad, se hacen para que nadie pague. Se reconocen errores, se corrigen procedimientos, se ajustan las reglas y se sigue adelante. Esta no se pactó así. Se pactó con un sacrificio sobre la mesa. Y tiene nombre, número de expediente y celda en el Altiplano.


En la política mexicana, el chivo expiatorio es una institución antigua. Se escoge al que piensa, se rebela y que ya no obedece. 


Al que sabe lo justo para parecer culpable, pero no lo suficiente para ser peligroso. 


Ese es el hilo delgado. Por ahí se rompe, y todos los demás quedan bien amarrados.


Lo nuevo es el descaro. Mientras Jáuregui cuenta las horas para el jueves, hay señalados, con acusaciones públicas y nombres repetidos en expedientes de aquí y del otro lado de la frontera, que esta noche cenarán en restaurantes de alta gama. Pedirán vinos caros, dejan buena propina y nadie los molesta.


¿Cómo se le llama a eso? Tiene un nombre corto: desvergüenza.


Porque la vergüenza, en política, no es un sentimiento; es un freno. Es el que impide que un gobierno encarcele al de abajo mientras deja intacto al de arriba. Cuando ese freno se pierde, lo que queda es aritmética: 


cuánto cuesta el preso, cuánto rinde y a quién le conviene.


Y a las dos mandatarias las cuentas les salen. A una le da un detenido para mostrarle a Washington que aquí sí se castiga a quien les abre la puerta a sus agentes, sin tocar a nadie de los suyos. A la otra le compra tiempo, oxígeno y una absolución desde la mañanera que vale más que cualquier comunicado de su partido.


A quien no le sale ninguna cuenta es al ciudadano. Ese que vio o escuchó cinco versiones del mismo operativo, un cocinero desaparecido, un fiscal preso y ningún detenido por el laboratorio. Ese ciudadano que entiende, sin leer la carpeta, que aquí no se castigó un delito: que se pagó una cuota.


No defiendo a Jáuregui. Si violó la ley, que responda, y si así fuera, que respondan los demás que campean, comen y beben.


Decía mi abuela que los platos rotos nunca los paga el que los tiró, sino el último que se quedó en la cocina cuando se supo.


Esta noche Jáuregui cenará lo que le sirvan en el Altiplano. Otros, libres, impunes y sin prisa, pedirán viandas y la carta de vinos. 


Y en dos palacios seguirá encendida la pipa de la paz, quemando tabaco que paga su víctima.

La Expresión Continúa...

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