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Lo que no se dice...

28 de octubre de 2025
Lo que no se dice...
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BEIS.- El béisbol es, sin duda, una de las pasiones más arraigadas en nuestra comunidad. Une familias, genera identidad y representa un orgullo regional. Pero cuando la emoción se impone a la razón y la administración pública confunde apoyo deportivo con subsidio permanente, la pasión termina convertida en un lastre financiero.

QUIEBRA.- El municipio enfrenta una crisis económica que no puede desvincularse del manejo de los recursos destinados a la temporada beisbolera: 1.4 millones de pesos,dinero público que bien pudo haber servido para impulsar a los jóvenes que, con esfuerzo y dignidad, deben botear en los semáforos para poder competir ante la escases de recursos oficiales para quienes son apenas un sueño en busca de una realidad.

PROFUNDO.- El problema no es el béisbol. El problema es la forma en que se gestiona. Se ha convertido en un barril sin fondo: año tras año se inyectan recursos públicos en una actividad que genera ingresos, pero que no rinde cuentas ni resultados financieros claros. Si el deporte fuera administrado con criterios de transparencia y autosuficiencia, podría ser fuente de desarrollo económico y social. En cambio, hoy representa un símbolo de desorden administrativo y de prioridades invertidas.

LANA.- El municipio, quebrado y con múltiples necesidades sociales insatisfechas, no puede seguir subsidiando una práctica semiprofesionalque debería sostenerse con patrocinios privados y con una administración eficiente. Los recursos públicos no pueden destinarse a financiar pérdidas recurrentes, mientras las necesidades básicas de jóvenes deportistas, escuelas y servicios públicos siguen en espera.

GRAVE.- Resulta aún más grave que el estadio, espacio público y patrimonio de la comunidad haya sido entregado a un comité incapaz de conservarlo o de garantizar su buen uso. Si la gestión privada fracasó, corresponde al Estado recuperar la administración del inmueble y designar un responsable con rendición de cuentas. Sería más sano pagar un sueldo a un administrador competente que mantener una estructura informal que solo genera dudas y sospechas.

COMPETENCIA.- Otros municipios han logrado sostener ligas semiprofesionales sin comprometer sus finanzas públicas, gracias a la planeación y al patrocinio responsable. Aquí, en cambio, se ha confundido apoyo con despilfarro. Y cuando un gobierno gasta lo que no tiene para mantener las apariencias, lo que se compra no es éxito deportivo, sino desconfianza ciudadana.

REALIDAD.- Replantear el béisbol no significa renunciar a él. Significa devolverle su verdadera dimensión: la de una práctica social y deportiva que debe vivir conforme a su realidad económica, no a la ilusión de una grandeza que solo deja números rojos. Si no se corrige el rumbo, el aplauso en las gradas será efímero y la crítica amplia y generosa.


Desde la Rumorosa….

ASENTADA.- La comunidad de Guachochi, enclavada en la sierra tarahumara, ha decidido reducir su vida civil ante la ola de violencia que, una vez más, la coloca en el centro del miedo. Siete personas perdieron la vida, otras tantas resultaron heridas, y la vida cotidiana esa que sostiene la esperanza de cualquier pueblo ha quedado suspendida.

INDICADOR.- Hay Escuelas cerradas, calles vacías, comercios que bajan sus cortinas. No es la primera vez. Pero quizá sí la más significativa: la comunidad ha entendido que su supervivencia pasa por detenerse, por resistir desde el silencio.

NADA.- Este no es un hecho aislado, sino el síntoma más visible de un Estado ausente, incapaz de cumplir su función básica: garantizar la seguridad de sus ciudadanos. En Guachochi, los cuerpos policiacos no sólo han fracasado, sino que también han sido sometidos por los mismos grupos criminales a los que deberían combatir. Es la definición más clara de un Estado fallido en lo local: el gobierno existe en el papel, pero no en el territorio.

EPIDERMIS.- La autoridad parece reducir su actuación a una mera “presencia inhibitoria”: enviar patrullas, hacer rondines, colocar comunicados pero no se requiere un espectáculo, se demanda justicia. ¡Y la justicia no se representa, se ejerce! Detener a los culpables, desmantelar los grupos delictivos y, sobre todo, romper los vínculos de complicidad entre crimen y poder político son acciones que no admiten aplazamiento. La sociedad lo sabe, aunque el gobierno lo disimule.

IRONIA.- Resulta irónico que los gobernantes justifiquen la existencia de los grupos criminales como consecuencia de la violencia que ellos mismos deberían contener. En esa narrativa, los delincuentes terminan siendo parte del paisaje, casi una extensión del Estado. Su sola existencia es prueba irrefutable del fracaso institucional. Cuando los grupos armados publican manifiestos, delimitan territorios revelan la debilidad de un sistema que les ha permitido legitimarse.

APOYO.- Cuando la comunidad de Guachochi decide suspender su vida civil, no está claudicando: está haciendo política. Una política de resistencia civil, una forma de decir “basta” cuando el gobierno no actúa, reducir la vida pública es su manera de reclamar la vida misma, de exigir un Estado que deje de mirar hacia otro lado.

ATURDIDOR.- El silencio de Guachochi, en medio del estruendo de las balas, es también un grito. Un llamado a recordar que ningún pueblo debería tener que elegir entre vivir con miedo o dejar de vivir.

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