Reportaje
La identidad de Atascaderos se cohesiono desde la escuela hasta regresar (2/2)
1 de Agosto del 2026
Con la voluntad de aprender y enseñar se conquistó más que con las balas del destierro
Todavía no terminaba de amanecer cuando los primeros vehículos comenzaron a abandonar Atascaderos. No había sirenas que anunciaran una evacuación ni autoridades coordinando la salida de los habitantes. Cada familia tomó la decisión por cuenta propia, guiada únicamente por el instinto de sobrevivir.
Las camionetas descendían lentamente por los caminos de terracería y luego por lo que queda de la carretera maltrecha, convertida en otro depredador más, dejando a su paso una huella convertida en nube de polvo que parecía ser una cortina que pretendía borrar, poco a poco, la historia de toda una comunidad.
En las cajas de las pick-up viajaba la gente de rait o los mismos de la familia numerosa, compartían espacio con cobijas, costales llenos de ropa, maletas y algunos documentos personales. Son las pocas pertenencias que alcanzaron a rescatar en cuestión de minutos, la salida era apremiante, en caravana o en el riesgo de ir solos. En el camino al Ocote, una familia referencia como a lo lejos se escuchaban detonaciones, ¿dándoles la despedida? O refrendando que habían tomado la decisión correcta.
La lucha de la delincuencia organizada no es su lucha pero ellos son los que han terminado pagando los costos de ese vacío de autoridad que da lugar a esos fenómenos del desplazamiento y delitos de homicidio, lesiones y desaparición.
Quienes no encontraron espacio levantaban la mano al borde del camino esperando un "raite". Otros emprendieron la caminata con mujeres, adultos mayores y niños pequeños. Nadie llevaba consigo la certeza del regreso, solamente una esperanza. Los relatos de quienes vivieron aquellos días coinciden en una constante: el miedo.
"Tomamos lo que teníamos; no había tiempo ni mucho espacio para llevar. Iban por una persona de la comunidad y estaban muy violentos. Golpearon a varias personas y nos obligaron a salir con mujeres y niños en plena noche", recuerda uno de los habitantes desplazados que al igual que los demás pidieron no ser identificado y su testimonio se guarda en la recolección de datos que hacen las autoridades y organismos como la Comisión Estatal de Derechos Humanos.

La violencia se hizo democrática, no distinguía edades ni genero
La disputa territorial entre grupos del crimen organizado había dejado personas asesinadas, entre ellas adolescente, convirtiendo la tranquilidad serrana en un territorio donde la incertidumbre pasó a formar parte de la vida cotidiana.
Cada familia cerró la puerta de su casa sin saber si volvería a abrirla. La escuela decidió ir tras ellos, salir a buscarlos por los caminos de la sierra para traerlos aquí, a su terruño, se trataba de familias desplazadas. Los maestros enfrentaban un desafío que ninguna universidad o escuela normal les enseñó a resolver. ¿Cómo continuar enseñando cuando los alumnos desaparecen del mapa escolar?
El Consejo Técnico Escolar de febrero dejó de discutir únicamente estrategias pedagógicas o las guías institucionales, atendió la problemática local, ¡personalizada! La prioridad entonces se convirtió en proyecto, localizar a los estudiantes, conocer dónde habían encontrado refugio, confirmar que ninguno hubiera quedado atrapado en medio de la violencia. La escuela comenzó entonces una búsqueda que trascendía la enseñanza tradicional.
El supervisor de secundarias generales, Pedro Calderón, referencia como los docentes utilizaron grupos de WhatsApp, llamadas telefónicas y mensajes enviados de un familiar a otro para reconstruir un nuevo listado de asistencia. No era el registro habitual, no respondían todos. Aquello se había convertido en un mapa del desplazamiento. Poco a poco aparecieron los primeros nombres. La mayoría había llegado a Hidalgo del Parral, otros, los menos se encontraban en Chihuahua capital o bien estaban dispersos entre comunidades cercanas.
Fue así como nació la decisión que mostró de cuerpo entero el apostolado de la vocación magisterial. En aquella escuela de los confines de la serranía de Guadalupe y Calvo el objetivo era cambiar el sentido de aquella crisis; Si los alumnos ya no podían regresar a la escuela...la escuela iría hasta donde estuvieran ellos.
Fue así como las clases comenzaron nuevamente. No entre pizarrones sino detrás de la pantalla de un teléfono celular. Cada tarde, respetando el mismo horario escolar, los maestros enviaban actividades, explicaciones y proyectos.
Las respuestas llegaban convertidas en fotografías de cuadernos, videos, notas de voz y documentos enviados desde viviendas improvisadas. La pandemia ya les había enseñado el uso de la tecnología y ahora la violencia los obligaba a utilizarla nuevamente para demostrar lo aprendido.
La diferencia era enorme, ahora no se trataba de un confinamiento sanitario era enfrentar la realidad de familias y alumnos desplazados por una guerra que nunca fue declarada oficialmente.


La mayoría de las familias encontró refugio en Hidalgo del Parral. Algunas llegaron con familiares. Otras fueron recibidas en el Centro Comunitario de La Almanceña. Los salones comunitarios se transformaron en dormitorios. Las colchonetas y las cobijas sustituyeron las camas. Las cobijas marcaron los espacios donde cada familia intentaba conservar un poco de intimidad.
Durante el día los niños jugaban por las noches preguntaban cuándo regresarían a casa y los adultos casi nunca respondían, ellos tampoco lo sabían.
En medio de aquella incertidumbre comenzó a surgir la solidaridad. Los maestros de la escuela, la supervisión, llegaron hasta donde estaban las familias de los alumnos y asumieron su causa como propia, porque de hecho así es, empezaron la gestión, los acercamientos, no bastaba solo con la solidaridad de la acogida, era necesario plantear soluciones en el corto plazo.
El municipio de Parral organizó apoyos alimentarios para las familias desplazadas. Los Servicios Educativos del Estado de Chihuahua entregaron libros de texto y materiales escolares. La presidenta del DIF Municipal, Nora Carrillo, hizo llegar calzado para niñas, niños y adolescentes. El Colegio Miguel de Cervantes reunió útiles escolares y artículos personales, entre otras muchas ayudas personales e institucionales.
La alcaldía a cargo de Salvador Calderón, mantuvo un vínculo directo con los desplazados, no solo con la atención que se daba en el centro comunitario, también con visitas esporádicas, platicas, le inyecto recursos a los parralenses de adopción para que alcanzara al menos para lo indispensable.
Desde Chihuahua capital, una profesora conocida cariñosamente como "Chanita" organizó una colecta además de lograr que se otorgaran mochilas, cuadernos, ropa y útiles por el gobierno estatal, todos los recursos fueron distribuidos entre los estudiantes haciendo reuniones en 4 puntos de la capital del estado para la entrega. Las mochilas significaban mucho más que un conjunto de cuadernos. Representaba la posibilidad de seguir siendo estudiante y mantener el sentido de pertenencia en la inmensidad de la urbe.
Parral abrió las puertas, fue el refugio en las horas aciagas
Algunos huyeron de Atascaderos solo con lo que traían puesto.
En una reunión para devolver la esperanza. El 12 de marzo de 2026, el presidente municipal de Parral, Salvador Calderón, convocó a las familias desplazadas de Atascaderos que para muchos, significó mucho más que un encuentro institucional.
Padres de familia, madres, niños y adolescentes ocuparon las sillas colocadas en el salón del centro comunitario de la Almanceña mientras representantes de la Fiscalía General del Estado, la Secretaría de Seguridad Pública Estatal, la Secretaría de Pueblos y Comunidades Indígenas, la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas y el DIF Municipal escuchaban las inquietudes de quienes habían perdido prácticamente todo.
El alcalde explicó que se realizaría un censo para identificar a las familias que deseaban regresar a su comunidad y garantizarles condiciones de alimentación, transporte y seguridad.
También reiteró que el Gobierno Municipal mantendría el apoyo humanitario mientras no existieran condiciones para un retorno seguro. Ese mismo día fueron entregados pares de zapatos para adultos y menores de edad para muchos se trataron únicamente de una acción asistencial. Para quienes habían llegado sin equipaje, significó recuperar un poco de dignidad. Los hijos de Guadalupe y Calvo fueron abandonados por sus autoridades, simplemente los dejaron ir y no les interesaba si regresaban.

La tragedia detrás de las cifras
La historia de Atascaderos no constituye un caso aislado. Es uno de los cientos de episodios que han transformado el mapa social de la Sierra Tarahumara. Autoridades estatales de atención a los pueblos originarios a través de su titular Enrique Rascón han reconocido recientemente que hay más de cinco mil personas han requerido atención institucional por situaciones de desplazamiento forzado en Chihuahua, siendo Guadalupe y Calvo el municipio que concentra el mayor número de casos derivados de la violencia.
Cada expediente representa una familia. Cada familia representa una historia y detrás de muchas de ellas existe una escuela que también quedó vacía. El desplazamiento no solamente cambia domicilios, interrumpe proyectos educativos y rompe vínculos comunitarios.
Obliga a niñas, niños y adolescentes a abandonar amistades, maestros y sueños. La violencia no sólo expulsa habitantes, también desplaza derechos. Volver nunca significó regresar igual
Después del periodo vacacional de Semana Santa a mediados de abril comenzaron a existir condiciones para el retorno. La gobernadora María Eugenia Campos encabezó una mesa de seguridad en la comunidad.
Como resultado se estableció vigilancia permanente y se ofreció apoyo con combustible y transporte para quienes decidieran regresar. El retorno ocurrió lentamente no había confianza plena. No era la primera vez que mantenían la seguridad luego se iban y la violencia regresaba.
Finalmente empezaron el retorno y la escuela abrió sus puertas, retornaron al terruño, el conteo escolar marcaba de forma presencial primero cincuenta alumnos, menos de la mitad, después setenta al finalizar el ciclo escolar la matrícula alcanzó aproximadamente noventa y seis estudiantes. ¡Treinta ya no regresaron!
Las familias de quienes eligieron construir una nueva vida en otros municipios de Chihuahua o fuera del estado se les recuerdan en los diálogos de las aulas, en las ausencias, en los vacíos de las calificaciones en el sistema.
Cuando la escuela volvió a abrir sus puertas ya no fue la misma. Tampoco lo eran sus alumnos. Habían aprendido demasiado en muy poco tiempo.
Hace un mes fue la graduación de los sobrevivientes, de los que llegaron hasta el día de la ceremonia. Los uniformes volvieron a ocupar el patio escolar. La escolta ingresó entre aplausos, sonaron nuevamente los honores a la bandera. Uno a uno fue pronunciado el nombre de los estudiantes que recibían su certificado de secundaria.
Este año no hubo grandes festejos. No hubo música ni banquetes como en años anteriores, nadie parecía extrañarlos, esta generación tendrá razones distintas para celebrar.
Mientras se entregaban los documentos, muchos padres observaban, no en silencio, pero si pensaban en que aquellos certificados representaban mucho más que el término de una etapa escolar. Son la prueba de que sus hijos habían conseguido vencer algo mucho más difícil que un examen. Habían sobrevivido. La escuela que venció al miedo
Las estadísticas continuarán contabilizando personas desplazadas, operativos de seguridad y apoyos entregados. Los informes oficiales seguirán registrando expedientes, censos y programas de atención pero ninguno de ellos podrá medir lo que realmente ocurrió en Atascaderos.
Fue en esta comunidad donde una escuela demostró que educar no consiste únicamente en abrir un salón de clases. Consiste en no abandonar nunca a los alumnos, aun cuando ellos hayan tenido que abandonar su comunidad. Los maestros demostraron que enseñar también puede significar localizar estudiantes, gestionar alimentos, conseguir mochilas, organizar clases virtuales y convertirse, por momentos, en orientadores, psicólogos y promotores de esperanza.
Hay fe testimonial en la comunidad de como la violencia consiguió vaciar una escuela en el mes de febrero pero se destaca que nunca consiguió destruirla. La escuela nunca fueron las paredes, ni los pupitres, tampoco los libros. Cobró vigencia la reconstrucción conceptual de que la escuela son los adolescentes que se negaron a dejar de aprender apoyados siempre por sus padres quienes hicieron hasta lo imposible para protegerlos porque sabían que en esta encomienda había en la lucha maestros incansables que decidieron seguir enseñando desde cualquier parte y para todos lados.
Hoy en Atascaderos hay una comunidad que descubrió que el conocimiento puede recorrer carreteras, cruzar montañas y viajar en la pantalla de un teléfono celular cuando existe la voluntad de no rendirse. Los pasillos de la Secundaria de Atascaderos vuelven a llenarse del ruido cotidiano de los adolescentes.
Los torneos de voleibol de convivencia, las lecturas en lengua rarámuri y las muestras de artesanías volverán a ocupar el calendario escolar, cuando eso ocurra, algunos aun recordarán que hubo un tiempo en que la escuela tuvo que salir a buscar a sus alumnos. Quienes vivieron aquellos meses aciagos jamás olvidarán la lección más importante de sus vidas; Que la educación puede ser desplazada por la violencia y que ante ello la forma pacífica de luchar conquista más que las balas siempre y cuando los elementos de esa unión virtuosa llamada comunidad incluyan a un maestro dispuesto a tender la mano, un alumno decidido a aprender y padres que sueñan con un mejor mañana para sus hijos.



