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Crónica:

25 de Agosto de 2026

De la milpa a la vid: el Valle de los Olivos cambia el rostro agrícola del sur de Chihuahua

Las hileras de parras avanzan hacia la sierra y abren una nueva vocación productiva.

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Son casi las tres de la tarde y el sol se extiende, plácido, sobre el Valle de los Olivos. Es el mes de agosto en su etapa madura, la luz cae generosa sobre la extensa llanura resaltando sus bordes, recovecos y la rugosidad de la corteza que muestra los vestigios de la piel del mundo tallada pacientemente en miles de años. La mirada se pierde en el horizonte, parece interminable hasta que encuentra las primeras elevaciones a lo lejos, es la Sierra Madre. Allá en los confines, las tonalidades azulosas marcan el sitio donde comienza el ascenso a la zona boscosa de Balleza y Guachochi. Los encinos silvestres enmarcan la altitud como advirtiendo de la metamorfosis paulatina del paisaje.

Y entonces aparece Doña Elvira; el restaurante, es una fortaleza construida en piedra, Tres de los gruesos muros de mampostería pasan lista a los ejércitos de parras que se yerguen victoriosas y en  el cuarto costado la escena es el lecho del rio.  Piedra, madera, vegetación y vino forman una postal diseñada para recordar que aquí la gastronomía y la agricultura no pretenden ser un elemento aislado, sino parte del mismo territorio.

La perspectiva es privilegiada, los miradores del segundo piso del restaurant permiten ver no solo esas largas y ordenadas filas de vid que rompen, disruptivas la imagen tradicional del campo del sur de Chihuahua.

Así empieza la aventura de la vendimia aquí, en el municipio de Valle de Rosario, donde la tierra está aprendiendo a producir vino. El Valle de los Olivos es todavía un territorio discreto en el mapa productivo de Chihuahua,  durante los últimos años ha comenzado a adquirir identidad propia. La ganadería y los cultivos tradicionales, como el maíz, el frijol y los forrajes, siguen formando parte de la memoria agrícola de la región; sin embargo, una nueva actividad empieza a modificar el paisaje y a romper paradigmas de quienes han caminado estas tierras por generaciones.

La vid inicio la conquista después de un largo viaje histórico de 4 siglos. Sus variedades fueron traídas inicialmente a América por los conquistadores europeos y, con el paso de los siglos, se ha extendido por todas las latitudes del continente. A casi 600 kilómetros de aquí, en Parras de la Fuente Coahuila, se ubica Casa Madero que es el referente de la producción vitivinícola en el nuevo mundo, de América, data de 1597. Tuvieron que pasar más de cuatrocientos años para que el cultivo y la producción del producto de la uva llegaran a estas tierras de Chihuahua.

Las plantas de la vid encontraron desde el 2020 un nuevo escenario en el sur de Chihuahua, las condiciones del suelo y clima han permitido experimentar con distintas variedades y han hecho realidad el sueño de producir vino en Valle de Rosario.

La paradoja resulta tan interesante como retadora: Las cepas que cruzaron el océano hace más de cuatro siglos ahora, en sus enésimos renuevos continúan avanzando en la conquista de los indómitos terrenos del país bárbaro chihuahuense, así descritos por Fernando Jordán en 1956 a manera de bitácora en sus incursiones. La vid sigue creciendo en las américas, ahora en un terreno otrora trillando por el ganado y arraigado a los cultivos tradicionales de sobrevivencia para los lugareños.

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El paisaje es mudo, pero igual es indiscreto, en su composición visual ubica las cepas de las diferentes variedades de uva y a partir de aquí se ha comenzado a contar la nueva aventura. Desde el mirador se distinguen las hileras de parras, miles entrelazadas como si fueran solo una, toman distancia en el horizonte y se atan a la tierra con   tallos leñosos de color tierra, su alineación derrocha precisión geométrica en un trazo casi etéreo que marca los renglones de un gran plana verde sobre el cual se plasman ya las primeras expresiones de las aventuras de Casa Vazqueño, la creadora de este oasis que emerge en medio de la llanura. A nivel terrenal, la perspectiva cambia: las plantas forman largos corredores que embelesan la mirada en la perspectiva que entronca con en el horizonte montañoso de la sierra.

Es agosto, las vendimias en México iniciaron desde julio y terminaran en septiembre. Marcan el tiempo de la cosecha. Los racimos generosos cuelgan de las plantas en espera de ser cortados. La uva adquiere tonos intensos conforme alcanza su maduración. El fruto se protege con redes que impiden compartir estas mieles azules con las aves que surcan el cielo y de otros depredadores de la región que pueden caer en la tentación de adelantarse al viticultor en la cata de la cosecha en breña y ¡nadie podría culparlos!

La escena parece sencilla, pero detrás de cada racimo existe un proceso de vigilancia y cuidado. La cosecha no comienza cuando alguien decide cortar el fruto. Inicio mucho antes, años atrás, con la preparación de la tierra, la selección de las variedades de uva, el cuidado de las plantas y el seguimiento de su desarrollo hasta llegar a este momento,  el de las condiciones idóneas para la cosecha.

Cuando la uva abandona la parra se marca el inicio de todo un recorrido productivo, donde el tiempo se convierte en el gran curador del proceso. Los racimos son trasladados a la zona de procesamiento donde desaparece buena parte de su apariencia natural. Lo que afuera es un racimo adentro se transforma en materia prima del elixir del vino.

Una máquina moderna, casi silenciosa recibe los frutos que le son entregados por un operador que vacía la reja, en la bienvenida se separan las hojas y pequeñas ramas que salen al otro extremo, los granos se quedan; la uva de un azul intenso es pasada por el mecanismo que la exprime hasta liberar la última gota. El mosto fluye generoso a la etapa de fermentación cuyo proceso se da en grandes depósitos de acero inoxidable.

El preciado jugo todavía está lejos de ser vino. Es colocado en los tanques. En la bodega existen 24 recipientes  en “formación de viñedo”; dos grandes filas forman un corredor. Cada depósito tiene su objetivo y temperatura, los recipientes son de diferentes capacidades y atesoran sin excepción esa savia del producto obtenido de cientos de kilos de uva.

La transformación ocurre en silencio. Mientras afuera continúa la vendimia, en los tanques comienza el proceso de fermentación. Lo que minutos antes era un racimo asido a una parra ha iniciado la metamorfosis para convertirse en una bebida espirituosa capaz de conservar durante meses o años una pequeña parte de las entrañas de este valle.

La responsable de la producción observa el proceso con la serenidad de quien conoce perfectamente cada una de sus etapas. Es argentina, su acento la delata incluso desde antes de explicar el procedimiento. Pero más que su hablar, su carta de identidad es el conocimiento. Es egresada de la región sudamericana que es docta en la producción vitivinícola. Ella  dirige la alquimia de los caldos de uva.

Merlot, Cabernet Sauvignon, Tempranillo, Malbec y Zhirak son algunas de las variedades que forman parte de esta apuesta vitivinícola. Cada una tiene sus propias características y cada cual exige cuidados particulares. La tierra es generosa y recibe las plantas, el resto depende del conocimiento humano y los azares del clima.

En el otro extremo de la gran bodega inconclusa hay un atril. Ahí aparece Fidencio Vázquez el autor de este proyecto. No se complica la vida guardando estereotipos, viste cómodo; de zapatos tenis, pantalón holgado y un sombrero que le permite desafiar al abrasante sol de la tarde. No es el arquetipo de un empresario encerrado detrás de un escritorio. Se mueve como quien conoce cada palmo de la tierra que lo vio nacer y habla con la seguridad de quien sabe que aquello que tiene enfrente no es solamente una inversión, sino su propia historia de vida.

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Cuando habla del proyecto, inevitablemente refiere su origen y cuando cita la génesis familiar, aparecen sus padres. Ya no están. Recuerda como caminaron por estas tierras. Conocieron de los ciclos del campo, de los años buenos y los malos, la sequía, las cosechas, el ganado y el esfuerzo cotidiano que implica mantener una propiedad que hoy tiene una vocación distinta. La ausencia de sus ancestros se hace presente cuando Fidencio recuerda el legado familiar. La voz se quiebra, se anudan las palabras en la garganta, no es el discurso preparado el que aparece, sino el recuerdo que emociona y abochorna ¡hace calor! Expresa en una salida pacífica que destraba el momento. En la memoria es inevitable evocar un girón de las rimas de Alberto Cortez, porque…

El vino puede sacar
Cosas que el hombre se calla

Pero ¡qué lindo es el vino!
El que se bebe en la casa
Del que está limpio por dentro
Y tiene brillando el alma

Hay proyectos que se construyen con cemento, acero, piedra y dinero y otros se construyen también con memoria. Casa Vazqueño pertenece a los segundos. Fidencio sabe que la obra todavía tiene camino por recorrer. No habla de un proyecto terminado, sino de uno escalable, con crecimiento. Lo que existe hoy es apenas una parte de lo que puede llegar a ser. Y en esa visión aparece la siguiente generación; sus hijos, Selenia y Andrés, están a su diestra y sin inhibiciones participan también en la presentación, le saben al tema y lo expresan, ellos son el siguiente capítulo de vida. Cada uno recibe de su padre una referencia, un reconocimiento, una mención que parece decir que la historia no termina con quien inició el proyecto y es entonces cuando la familia deja de ser únicamente el origen de Casa Vazqueño para convertirse en continuidad.

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En el campo los olivos se mecen lentos con el viento. Sus frutos representan otra expresión de una tierra que comienza a diversificarse. Entre las parras y la nogalera, estos árboles de tonalidades grisáceas parecen vigilar el valle, mantienen la tranquilidad al crear una barrera natural entre los dos cultivos, son al mismo tiempo los guardias de este paisaje vitivinícola, nogalero, de grandes olivos, gastronómico y de hospedaje que ya tiene personalidad propia.

El vino no es la única producción que encuentra un espacio en este sitio. Los olivos que dan nombre ancestral al lugar están en el presente y aportan algo más que la nomenclatura, no son los endémicos, son nuevos y de otra variedad diferente a la nativa, pero igual generosos, en sus ramas mecen cientos, ¡miles! de aceitunas que también forman parte de un proceso productivo alterno de donde se extrae el aceite. Las nueces en gestación aguardan los tiempos, su turno dará continuidad al actual, el de la vid.

La piedra también forma parte de la escena. Los muros y construcciones levantados utilizan las rocas de aquí. Algunas conservan el liquen, ese pequeño vestigio verde que revela esa simbiosis que se da entre el hongo y el alga, mostrando el milagro de la vida.

A unos metros, ocultas entre el verde de los corredores de los viñedos y acogidas entre los olivos se distribuyen diez cabañas alternadas, asimétricas, rompiendo el esquema, igual construidas en piedra. No parecen competir con el paisaje, se integran hasta formar parte de este, son el sello de la diversificación económica del campo.

Así, el valle construye una identidad alrededor de productos que hasta hace poco parecían ajenos a la tradición agrícola de la región. El territorio no ha dejado de ser el mismo. A un costado de las plantaciones duerme el río. Está seco, pero su cauce está delimitado. La tierra conserva las marcas de las corrientes históricas que deben ser consideradas como la frontera, ¡la advertencia! El mensaje es recibido; las plantaciones inician a varios metros de las zonas naturales de escurrimiento. Es una lección campirana viviente: el agua puede tardar llegar, pero siempre regresa y cuando vuelve, reclama su espacio.

La modernidad agrícola puede modificar el paisaje, pero hay límites que la propia naturaleza impone. El río, aunque silencioso y sin agua en estos días de agosto, sigue siendo una frontera y un terreno de esperanza.

Hoy es el dia de la vendimia y es el momento en que todo converge: el trabajo realizado durante meses, la expectativa de la cosecha, la transformación industrial y la celebración. Las inmediaciones del valle se llenan de visitantes, música, comida y conversaciones. Las mesas altas entre las parras se distinguen porque en su superficie reposan momentáneamente las copas que se tiñen de un rojo rubí, aguardan el brindis donde se acompasa el ritmo del choque jubiloso del cristal con los buenos deseos  y de fondo el retumbar de los acordes musicales.

La escena iconográfica y emblemática que mejor resume el significado de la vendimia está en un depósito en forma de medio barril. Dentro hay racimos recién cortados. Alrededor, las mujeres participan en un ritual que ha sobrevivido a la tecnología: pisar las uvas. Los pies sustituyen por unos instantes a las trituradoras mecánicas, en ese momento el acto refiere a la representación ancestral de los orígenes de la producción del vino.

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La imagen resulta casi contradictoria. A unos metros, una máquina procesa cientos de kilos de fruta en minutos con precisión industrial. Aquí, en cambio, los pies aplastan las uvas lentamente, dejando huellas imprecisas que retan al tiempo al evocar generaciones milenarias. El paralelismo de ambas escenas en un mismo tiempo y lugar hace convivir la tradición y la tecnología, el campo y la industria. La montaña y la llanura. ¡El pasado y la nueva vocación productiva!

En esta transformación aparece el sello de Casa Vazqueño, uno de los proyectos que están dando forma a esta nueva etapa del valle. Pero más allá de una empresa, una familia o una marca, lo que empieza a observarse es el nacimiento de un paisaje productivo diferente.

Valle de los Olivos no está dejando de ser tierra ganadera ni agrícola. Está sumando otra posibilidad. La vid se ha instalado en una región rompiendo la ociosidad de la tierra, en una latitud donde antes parecía improbable encontrarla, ahora sus frutos asumen carta de identidad en botellas y etiquetas que recuerdan el origen y desde aquí se aprestan a salir de estas tierras a conquistar el mundo.

No está distante el momento en que en algún lugar del mundo alguien descorche una botella de Malbec, Tempranillo Syrah o Cabernet Sauvignon producida en el sur de Chihuahua y tras descifrar en el  retrogusto los sabores y captar en la copa el aroma o bouquet, al tiempo que observa las lágrimas que se deslizan en el cristal, los sentidos darán cuenta del momento y pocos imaginarán el lugar donde comenzó esta historia. Pero aquí estará el origen. En una llanura al pie de la sierra. Entre el polvo rojizo de los caminos, el cauce silencioso de un río dormido, donde los olivos cargados de aceitunas y las interminables hileras de parras que, bajo el sol de agosto, parecen tender un puente hacia las montañas.

La vendimia es una celebración del presente con los ojos puestos en el futuro y los pies firmemente plantados en el pasado. Una familia que decidió cambiar el destino productivo de sus tierras, una región que comienza a experimentar con una nueva industria y un valle que ahora tiene otra manera de contar su historia.

Cuando la tarde avanza y el sol comienza a perder fuerza sobre la sierra, las conversaciones continúan y se avivan. Las copas siguen llenándose. La música acompaña el encuentro, las luces multicolores encienden todos los rincones en un momento disruptivo, pero igual, las parras permanecen inmóviles, estoicas observando desde su formación perfectamente trazada la fiesta en su honor.

Hay colores por todas partes. Carteles, música, comida y visitantes que se mueven entre las mesas instaladas en medio de los viñedos. Las conversaciones se cruzan mientras las copas pasan de mano en mano. La barra parece no darse abasto para atender la demanda de los visitantes. El Malbec deja su huella en las copas. Rojo intenso. Profundo. Un color que bajo el sol de la tarde-noche parece contener algo del paisaje.

Una botella de vino puede avanzar por caminos que una hectárea difícilmente podría recorrer por sí sola. Aquí, en Valle de los Olivos, la tierra está aprendiendo a hablar otro idioma ¡El idioma del vino!

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