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Reportaje

La Escuela “itinerante” de Atascaderos, donde el aprender está por encima de la violencia y el miedo (1/2)

31 de Julio del 2026

La secundaria que amalgamó a una comunidad de la sierra de Guadalupe y Calvo, más allá de las distancias geográficas

Son las ocho de la mañana de un día cualquiera del mes de marzo…La secundaria de Atascaderos debería estar llena de voces. El bullicio de los adolescentes tendría que mezclarse con el sonido de los pupitres al arrastrarse, con el silbato del maestro de Educación Física o con las risas de quienes todavía aprovechan los últimos minutos antes de entrar al salón. Sin embargo, el viento es el único que atraviesa los corredores del plantel, ¡aquí no hay nadie! La escuela es el reflejo del pueblo que ya se fue en un éxodo inducido por la violencia arraigada desde hace años pero con picos de depredación a gran escala surgidos en las últimas semanas.

El edificio permanece en silencio. Los pupitres siguen acomodados como si los alumnos fueran a regresar de un momento a otro. En algunos salones aún permanecen pegados los últimos trabajos escolares; en el pizarrón sobreviven las últimas anotaciones que nadie alcanzó a borrar. El reloj continúa marcando las horas de una escuela que, de pronto, dejó de tener estudiantes.

En esta escuela enclavada en la sierra de Guadalupe y Calvo, al igual que en las del resto del país, oficialmente no se ha terminado el ciclo escolar, tampoco es periodo vacacional, pero si es el tiempo de la violencia, llegó primero que ellos, desde el fin de semana y se enseñoreo tomando forma de temor y miedo, por eso, aquella mañana, al igual que otras anteriores y muchas otras posteriores, los alumnos de Atascaderos ya no estaban en su escuela, habían asumido el mundo como la gran aula del conocimiento vivencial donde el único requisito de inscripción es estar vivo.

Para ese lunes por la mañana, muchas de las familias de los 125 alumnos de la escuela ya tenían su residencia temporal en Hidalgo del Parral a unos 300 kilómetros de su comunidad, otros más, los menos habían logrado llegar hasta la capital, en Chihuahua. Así fue como las casas de familiares se convirtieron en las propias, viviendas prestadas de alto hacinamiento que desprenden un ambiente de salvación de refugios improvisados.

Otros más salieron despavoridos con destino a cualquier parte y llegaron a la capital del mundo, a Parral, pero no tenían donde quedarse y se instalaron en el Centro Comunitario de La Almanceña a la que convirtieron en su fortaleza y refugio. Tendieron cobijas o colchones sobre el piso y aprendieron a convivir con otras que compartían la misma incertidumbre; Dormían, comían e intentaban seguir viviendo a su manera pero nunca dejaron de soñar con regresar a su comunidad para recuperarla tras el despojo a mansalva.

Con los días el nuevo aprendizaje de la migración se tornó significativo, lo hasta entonces incomprensible cobro sentido y dirección. El concepto de escuela estaba ahí, no se había quedado allá en la montaña y comprendieron que el edificio no era la escuela, tampoco los salones. 

La escuela en su reconstrucción conceptual paso a ser definida como una comunidad errante, pero sobre todo como el espacio de unidad donde un maestro busca a sus alumnos aun cuando éstos hayan sido expulsados por la violencia. En medio de esa incertidumbre que da estar en tierra ajena, la escuela cohesionó a la comunidad dispersa y la enfocó en un mismo sentido y dialogo.

De acuerdo con testimonios de algunos de los 8 maestros de la secundaria general numero 82, el esfuerzo fue de todos. El supervisor Pedro Calderón fue el primer convencido y gracias a esas condiciones afianzaron las premisas de la unidad y la mejora continua. Los docentes no están hechos de otra materia distinta a la de los alumnos y padres, en su plática muestran las mismas cicatrices de la violencia intangible, en sus palabras se palpa el temor y la incertidumbre de aquellos días, la desconfianza está vigente y piden no revelar su identidad, aunque saben que no hicieron nada malo, también han aprendido que en estos casos y latitudes es mejor pasar inadvertidos.

Los adolescentes tenían como primer reto de su nueva morada, el adaptarse a una vida desconocida lejos de la sierra al tiempo que sus maestros comenzaron una búsqueda distinta: impedir que el desplazamiento se significara en abandono escolar. Entonces la imaginación y los recursos tecnológicos a su alcance fueron los límites para volver a construir un todo a partir de la nada, eso era lo que tenían, ¡una escuela vacía! Nada, el campo fértil de los alumnos se habían marchado con lo que traían puesto entonces emitieron la sentencia pedagógica; ¡Si los estudiantes no van a la escuela, la escuela va a donde estén los estudiantes!

Aquella decisión terminaría convirtiéndose en una lección que ningún plan de estudios contempla hasta nuestros días. Lo primero fue establecer que la escuela a partir de ahora y hasta nuevo aviso no tendría un domicilio fijo, seria omnipresente, estaría en todas partes donde los hijos de esa comunidad educativa estuvieran. Estaban dispuestos a perderlo todo menos la esperanza y fue como se empezó la reconstrucción moral, haciendo escuela a partir de este su concepto más primario y esencial

La violencia los desplazó pero no les privó del derecho a la educación

Cuando las primeras familias comenzaron a abandonar Atascaderos, cargando apenas algunas cobijas, documentos personales y la ropa indispensable, no solamente estaban dejando atrás sus viviendas, también quedaba suspendido uno de los derechos fundamentales reconocidos por el Estado mexicano. El artículo 3º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos lo resguarda cuando establece que toda persona tiene derecho a la educación y obliga al Estado a impartirla de manera universal, inclusiva, gratuita, equitativa y con respeto irrestricto a la dignidad humana. 

A ello se suma el artículo 4º constitucional, que establece que en todas las decisiones y actuaciones del Estado deberá prevalecer el interés superior de niñas, niños y adolescentes, garantizando de manera plena el ejercicio de todos sus derechos.

A la retahíla de los derechos se agrega también el contexto internacional donde  México ha asumido compromisos que refuerzan esa obligación. La  Convención sobre los Derechos del Niño, aprobada por la Organización de las Naciones Unidas y ratificada por el Estado mexicano. La referencia del artículo 28 marca el derecho de niñas, niños y adolescentes a recibir educación, el de enseguida, el 29, lo refuerza tras señalar que se debe contribuir al desarrollo integral de la persona y prepararla para vivir responsablemente en una sociedad libre y pacífica.

Luego el mismo compromiso aparece en el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en el artículo 13 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, así como en el Protocolo de San Salvador, todos obligan al Estado mexicano a garantizar el acceso efectivo a la educación sin discriminación más allá de las circunstancias extraordinarias. Ante la realidad actual, recientemente, los Principios Rectores de los Desplazamientos Internos de las Naciones Unidas estableció que las personas desplazadas, especialmente niñas, niños y adolescentes, deben conservar el acceso a la educación durante todo el tiempo que permanezcan fuera de sus comunidades.

Hasta aquí, sobre el papel, descansa el derecho que está plenamente protegido en la letra, pero, la realidad de la comunidad de Atascaderos demuestra y ejemplifica otra cosa, lo contradice evocando al clásico del expresidente ¡Ellos tienen otros datos! Porque ninguno de los preceptos legales evocados explican qué hacer cuando la escuela queda atrapada entre dos fuegos.

La historia de aquel viernes 13, el último de la actividad escolar antes de la pausa forzada

Así fue el último viernes, con el que se sellaba esa semana. Nadie sospechaba que aquel viernes 13 de febrero sería el último día de clases, aunque se imaginaban que un dia eso pasaría, la escalada de violencia en la comunidad y sus alrededores era incesante y la atención de la autoridad a cuenta gotas, los ingredientes detonantes estaban activados en esa fecha.

Ese dia, la secundaria vivía una jornada como tantas otras. Los alumnos tuvieron cambio de actividad y tenían disputas amistosas en partidos de voleibol organizados irónicamente con motivo del Día del amor y la Amistad. La habían adelantado en la celebración un dia. Entre bromas y porras se había elegido a los monarcas de  Corazones, la reina y el rey, así son las tradiciones, al mismo tiempo la Sociedad de Alumnos hacia actividades para recaudar fondos.

Los pasillos conservaban esa mezcla de ruido y entusiasmo que solamente produce la interacción de los adolescentes. Los maestros  preparaban en sus planeaciones de la siguiente actividad escolar ahora en torno a la conmemoración del Día Internacional de la Lengua Materna.

La intención era abrir las puertas del plantel para que los propios padres de familia participaran leyendo textos en su lengua materna y habría acompañamiento de traductores que permitirían armonizar la tertulia para que todos lograran conocer y comprender la cosmovisión de los grupos originarios de esa zona así como el profundo significado cultural de cada palabra del dialecto.

Se agregaría en aquella proyectada jornada una muestra gastronómica además de artesanías elaboradas por las familias, que mejor forma de refrendar lo que somos, reconociendo quienes somos y donde estamos, ¡el habla y la comida como elementos centrales! No era solamente una actividad académica se trataba también de una forma de fortalecer el arraigo comunitario al que hace referencia la nueva escuela mexicana en su ejes articuladores de interculturalidad crítica y la apropiación de la cultura a través de la lectura y la escritura. Preservar la identidad de quienes llegaron primero a esas tierras era una forma de demostrar que la escuela es la zona de encuentro entre generaciones y la diversidad.

Alrededor de ciento veinticinco alumnos distribuidos en dos grupos por grado daban vida a aquella comunidad educativa. Los ocho docentes, la mayoría originarios de la misma región, conocían a todas las familias, se identificaban mutuamente. En comunidades como está la escuela nunca termina en la puerta del salón, continúa en las calles, se mete a las casas, participa en las fiestas patronales, en las cosechas y en hasta en las reuniones familiares por eso nadie imaginó que, apenas cuarenta y ocho horas después, aquella rutina desaparecería por completo.

Aquel lunes, cuando el miedo fue quien tomó lista de inasistencia

El lunes 16 de febrero los maestros llegaron con la intención de reanudar las actividades. Los alumnos nunca aparecieron. Durante el fin de semana la violencia había escalado aún más. Los enfrentamientos entre grupos del crimen organizado sembraron el miedo en los habitantes que de por sí, desde hace meses salían poco de casa.

Los mensajes comenzaron a multiplicarse en los teléfonos celulares. "No mandaremos a los muchachos." "Está muy peligroso." "Mejor esperemos." Los grupos de WhatsApp de los grupos sustituyeron por unas horas los avisos escolares. No existió una orden oficial para suspender clases pero tampoco hizo falta.

Los padres de familia tomaron la decisión más difícil que puede enfrentar cualquier comunidad educativa: proteger primero la vida de sus hijos. La inasistencia fue total, la escuela estaba vacía y cerrada. Aunque los maestros hubieran abierto las puertas del plantel, no habría habido alumnos que recibir.

La escuela dejó de ser un lugar seguro y la educación entró en pausa para adaptarse a su nueva realidad asumiendo con ello la otredad de la comunidad, luego de una semana y un consejo técnico, la estrategia estaba lista. Las familias no solo no enviaron a sus hijos, ahora comenzaron a abandonar la comunidad, los docentes comprendieron en ese momento que el mayor desafío apenas estaba por comenzar había que readaptarse ante la alta dispersión, confió el maestro supervisor Pedro Calderón en su testimonio semanas después cuando el proyecto estaba en marcha.

La pregunta ya no era cómo impartir clases, sino ¿Dónde estaban sus alumnos? Y fue entonces que la escuela se rediseño asimisma para adaptarse a la nueva realidad y contexto universal, centró entonces su primer gran tarea en  buscar a sus estudiantes, tanto en los mensajes como en su nuevo entorno y estatus de desplazados. Atascaderos, es una comunidad que está en las inmediaciones del triángulo dorado del narcotráfico es parte de Guadalupe y Calvo, pero tiene vías de comunicación a la Tuna Sinaloa y Tamazula en Durango.

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