¡Por sus evaluaciones los conoceréis!
3 de marzo de 2026

Jesús Quiñonez Jasso
Editorialistas Libres de Parral

(Dime cómo evalúas y te diré que tipo de maestro eres)
Es miércoles en la tarde y Pedrito está jugando en la calle, sabe que tiene que retornar pronto a la casa, la diversión, para su mala fortuna se verá cortada, es su tiempo libre pero no lo es tanto, le encargaron tarea en la escuela que requiere de su atención. No le entiende, pero eso no es su preocupación, porque ya sabe que el cumplir es lo más importante, el contenido raras veces se revisa, las firmas del maestro o los sellos le alcanzan para el 60 por ciento de la calificación, el resto se divide entre exámenes conceptuales, entregables de un proyecto, disciplina, comprar un boleto para una actividad, etc.…
El gran reto educativo estará siempre en la toma de decisiones del docente, al hacerlo se evalúan condiciones, situaciones, para enrumbar en dirección al objetivo buscado, es el trabajo cotidiano que se ha tornado difícil, controversial y hasta subjetivo.
Enseñar para que los alumnos aprendan a aprender no es cosa fácil, la evaluación formativa implica necesariamente una vía de ida y vuelta, dicho en términos simples, la retroalimentación es imprescindible para el alumno, pero también para el docente.
Esa práctica sencilla se ha convertido en un tema de alta complejidad que ha merecido discusiones, propuestas, tesis y hasta tratados que simplemente no terminan de aterrizar. Mas allá del academicismo, podríamos decir que hay muchas formas de conocer a un docente y la evaluación que ejerce es una de esas características que está íntimamente ligada a su estilo de enseñar.
Podríamos recurrir a la observación de su clase, revisar su planeación, escuchar su discurso pedagógico o incluso presenciar si sobrevive a una reunión de Consejo Técnico sin quedarse dormido. Pero hay una forma más rápida, más precisa y más brutalmente honesta: cómo evalúa.
Porque la evaluación no es el final del proceso educativo, es la radiografía del docente, hasta el punto de poder afirmar; “Dime cómo evalúas y te diré qué tipo de maestro eres” No en referencia al que se expresa en la planeación didáctica donde se enuncian innumerables instrumentos de evaluación, principalmente la lista de cotejo, tampoco la referencia es para los que se presumen en los formatos oficiales, sino para los que realmente existe cuando se apaga el discurso y aparece la libreta de calificaciones como una consecuencia directa de la evaluación que la precede.
Porque eso sí, algunos docentes aplicamos exámenes memorísticos de opción múltiple y luego hablamos con solemnidad del “pensamiento crítico” una forma incongruente que enseña que lo importante no es entender, ¡es recordar lo suficiente para sobrevivir al examen!
Este modelo, por cierto, tiene profundas raíces históricas. Responde a lo que en pedagogía se conoce como paradigma conductista, donde el aprendizaje se reduce a estímulo y respuesta, a premio y castigo, a acierto y error. Entonces el rol del alumno se ve reducido a reproducir el conocimiento no a construirlo, en tanto que el docente, en este contexto, se priva de acompañar el aprendizaje y se ciñe al rol de vigía del cumplimiento de sus ordenanzas, dando vida al enfoque de la educación como adiestramiento, no como formación.
Otros docentes nos contrariamos igual al asumirnos como promotores del aprendizaje significativo, pero nuestra evaluación consiste en un examen sorpresa al final del bloque, como si el conocimiento fuera un delito que debe descubrirse en flagrancia.
Por cierto, en el siglo pasado, David Ausubel, padre del aprendizaje significativo, planteaba que el verdadero aprendizaje ocurre cuando el estudiante relaciona el nuevo conocimiento con lo que ya sabe, cuando hay comprensión, no repetición. Pero claro, eso requiere tiempo, paciencia y algo más escaso que el presupuesto educativo: ¡coherencia pedagógica! Es evidente que evaluar comprensión es más difícil que evaluar memoria.
También estamos los docentes que convertimos la evaluación en un acto de poder. El examen entonces pasa de ser una herramienta pedagógica para volverla un instrumento de control y como consecuencia el alumno no aprende por curiosidad, aprende por miedo. Aquí entonces la calificación no marca el nivel del aprendizaje, pero si el de la obediencia.
Michel Foucault, aunque no era pedagogo, entendía perfectamente esta lógica: el poder más eficaz no es el que castiga, sino el que disciplina. Y pocas herramientas disciplinan más eficazmente que una mala calificación.
Pero también existen otros docentes. Los menos visibles, los menos espectaculares, los menos compatibles con el autoritarismo pedagógico. Son los que entienden que evaluar no es medir cuánto falló el alumno, sino cuánto necesita el docente ajustar su enseñanza.
En el enfoque constructivista, impulsado por Jean Piaget y Lev Vygotsky, cada uno en su tiempo, ponderan el error no como un fracaso, sino como evidencia del proceso cognitivo. Entonces el error deja de ser castigo y se convierte en diagnóstico.
En este modelo, el docente no pregunta “¿cuánto no aprendió el alumno?”, sino “¿qué debo cambiar para que aprenda mejor?” Una diferencia pequeña en palabras, pero abismal en acciones.
La evaluación revela la verdadera concepción del aprendizaje. El docente que evalúa memoria enseña memoria. El docente que evalúa comprensión enseña comprensión. El docente que evalúa pensamiento crítico enseña pensamiento crítico. ¡No hay simulación posible!
Resulta fascinante observar cómo el discurso educativo se llena de palabras como “aprendizaje significativo”, “evaluación formativa” y “desarrollo de competencias”, mientras en la práctica sobreviven los mismos exámenes que podrían haberse aplicado en 1950 sin que nadie notara la diferencia, es como si viviéramos una modernidad pedagógica… ¡en formato retro!
La evaluación formativa está de moda, aunque no es una ocurrencia reciente. Es uno de los pilares de la Nueva Escuela Mexicana y de los enfoques pedagógicos contemporáneos. Su propósito no es calificar el final, sino acompañar el proceso. No es sancionar el resultado, sino mejorar el aprendizaje ello compromete a un cambio radical donde el docente deja de ser juez para convertirse en guía, hablamos entonces de poder y en estos terrenos hay que decirlo; ¡Ni siquiera el poder pedagógico se entrega voluntariamente!
Evaluar es entonces un acto de definición pedagógica. Es decidir qué importa y qué no importa en el proceso continuo del aprendizaje. Es decidir si el alumno es un repetidor de información o un constructor de conocimiento, ¡Es decidir si la educación es control o emancipación!
La ironía es que muchos docentes todavía creemos que la evaluación es un requisito administrativo tras homologarlo erróneamente con la conceptualización de calificación, cuando en realidad la evaluación es el acto pedagógico más importante que realizamos en nuestra tarea diaria. No porque produzca una calificación, sino porque define todo lo demás.
El alumno no aprende lo que el docente dice que es importante, aprende lo que el docente evalúa. ¡Así de simple! ¡Así de brutal! Por eso, cuando un docente dice que enseña pensamiento crítico, pero evalúa memoria, el alumno entiende el mensaje real: pensar es opcional, recordar es obligatorio y entonces el alumno, que puede no entender la teoría pedagógica, entiende perfectamente la lógica de supervivencia académica.
Insisto y termino; La evaluación no es el final de la enseñanza. Es su verdadero rostro Porque al final, el examen no revela lo que el alumno sabe, ¡Revela lo que el docente es! (Dime cómo evalúas y te diré que tipo de maestro eres)

La Expresión Continúa...







