Deudas y ruinas
24 de septiembre de 2026

Sota, Caballo y Rey
Dr. Fernando A. Herrera

Los nietos y los hijos que Dios me concedió recibirán un país sin instituciones y con un gobierno autoritario que lo ha endeudado cómo nunca. Lo peor de todo es que ellos tendrán que pagar esa deuda y, si pueden, reconstruirán el país para reinstalar las instituciones que han sido destruidas para concentrar el poder en una sola persona.
Esta herencia irá acompañada de un vacío que nunca pudimos llenar, porque no los entendimos, porque la mayoría tuvo que estar solo mientras su padre y su madre trabajaban para darles lo necesario. Los hijos no entienden porque era más importante trabajar que estar con ellos, y los nietos no nos entienden ni a ellos ni a nosotros, porque no sabemos qué decirles ni sabemos interpretar su forma de pensar; tampoco los respetamos, y parece que nos negamos a entender que el mundo cambió tanto que nos agarró descuidados.
El país que heredan no tendrá con qué pagar las cuentas. Fox cerró su sexenio con una deuda de 1.6 billones de pesos; veinte años después, ese número se multiplicó doce veces: 6.3 billones con Calderón; 10.8 con Peña Nieto; 17.4 con López Obrador, y hoy, a mitad de este gobierno, ya roza los 20 billones —más de la mitad de todo lo que el país produce en un año—. Esta cifra, fría y alarmante, es la hipoteca que mis hijos y mis nietos pagarán sin haber pedido nada.
Y no será solo el dinero. Desde el 15 de septiembre de 2024 se firmó la reforma que acabó con el Consejo de la Judicatura Federal y todo el poder judicial y nos obligó a elegir a jueces, magistrados y ministros por elección popular, un proceso que arrastra tufo de fraude y manipulación política por la circulación de acordeones con los nombres a elegir y por la escasísima votación de ese día.
Meses después desaparecieron el INAI, la Cofece, el IFT y la CRE: eran los árbitros que vigilaban la transparencia, la competencia económica y las telecomunicaciones. Cada uno de esos organismos era un contrapeso; hoy, sus sustitutos responden, de una forma u otra, al Poder Ejecutivo concentrado.
El pésimo resultado no fue accidente: fue la ocurrencia y la improvisación convertidas por aduladores en método. Hoy tratan de corregir y no encuentran cómo.
Cuando se concentra la deuda, se concentra la justicia y se concentra el poder; lo que resulta no es un gobierno fuerte, sino un país convertido en el tesoro de una sola persona, sin quien lo cuide ni quien le pida cuentas.
Este país, que amamos y del cual somos testigos minoritarios de su desmantelamiento me exige mirarme al espejo, a mí y a los de mi generación. No solo entregaremos un país sin instituciones y endeudado: entregaremos, a la nueva generación, un vacío que nunca supimos llenar. Mientras el país se desmoronaba en manos de quienes nos vieron a los ojos y prometieron cuidarlo, en casa cometíamos un error parecido: creímos que trabajar y proveer era suficiente, y dejamos solos a nuestros hijos mientras salíamos a ganarles el pan. Ellos crecieron sin entender por qué el trabajo pesaba más que la presencia, y hoy nuestros nietos no nos entienden a nosotros ni a sus padres, porque tampoco supimos hablarles en el idioma de su tiempo ni respetamos su forma distinta de ver el mundo.
El país nos agarró descuidados en lo grande, y la familia nos agarró descuidados en lo pequeño: dos formas equivocadas con el mismo resultado.
Mi abuela decía que dar dinero no ayuda, que a las personas se les ayuda de otro modo: enseñándoles a ganarse el pan, no regalándoselo, como aquel viejo proverbio de enseñar a pescar en vez de dar el pescado. Pero ese dicho no lo quieren entender quienes reciben los depósitos de Bienestar mes con mes, mientras el país se endeuda hasta la médula, gobernado por un mesías tropical que canjea votos por dinero para convertir la pobreza en clientela en lugar de enseñarles a ser independientes.

La Expresión Continúa...





