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El divorcio generacional

21 de septiembre de 2026
Sota, caballo y rey

Sota, caballo y rey

Dr. Fernando A. Herrera
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La quiebra del futuro

Nací en 1956. En 1992, y a mis 36 años, la realidad me obligó a aprender a usar el software para redactar correspondencia particular y en serie, a dominar las hojas de cálculo de Excel. Para mi generación, la transición fue muy violenta porque veníamos de una era donde la tecnología se limitaba a tarjetas perforadas que quedaron obsoletas pocos años después de mi graduación. 


Me tocó trabajar en la microfilmación de los archivos en el Registro Público de la Propiedad del estado con un esfuerzo monumental que, apenas un par de años después, fue devorado por la digitalización completa. Trabajábamos con terminales y pantallas tontas, esclavizados a un software hechizo por el que pagábamos renta. 


Seguirle el ritmo a la tecnología no fue un proceso natural; nos costó años de frustración y rezago.


Mi primer hijo nació tres días antes de los ochenta, inaugurando la generación que hoy conocemos como millennials. Cuando ellos entraron a la educación superior, nos alcanzó el tsunami tecnológico, y durante sus posgrados se consolidaron las redes sociales masivas. Con ellas llegó la disonancia cognitiva global: la sobreinformación digital que destruyó el consenso de la verdad. Hoy, los millennials y la generación Z operan bajo una velocidad incomprensible para nosotros.


Tienen a la mano herramientas y modelos de inteligencia artificial que agilizan procesos enteros en segundos, resolviendo de forma inmediata lo que a nosotros nos tomaba semanas, meses o años de burocracia.

Esta diferencia de velocidades provocó lo inevitable: un divorcio absoluto de las generaciones. Hay que aceptarlo con honestidad: el lazo se rompió y los culpables somos nosotros, la generación X o los baby blumers? fracasamos rotundamente en el modelo de país que debíamos heredar. 


Les estamos entregando un sistema que concentra el poder de manera autoritaria y un entorno económico de miedo. Dejamos deudas estructurales que van a pagar ellos y un presupuesto asfixiado: según los análisis de la OCDE y del CIEP, para este año, el gasto en pensiones ya devora más del 6% del PIB de México, absorbiendo más de 20 de cada 100 pesos del presupuesto federal. No estamos entregando buenas cuentas en gobernanza, y lo peor es que ellos lo saben. Por eso, el sistema político tradicional les genera un rechazo profundo.


Este colapso no es un fenómeno exclusivo de México, de Washington a Tokio, de Budapest a Ottawa, las cúpulas del poder no supieron conectar con quienes venían detrás. Donald Trump nació en 1946 y Andrés Manuel López Obrador en 1953: ambos son hijos de la posguerra, uno de derecha y otro de izquierda. Son el ejemplo vivo de nuestra falla de origen: erramos al elegirlos porque representan visiones anacrónicas que ya no le hacen sentido a la juventud, y con justa razón. 


La realidad que les heredamos es caótica y este divorcio tiene un trasfondo demográfico letal. Las nuevas generaciones ya no tienen el menor ánimo de seguir nuestros patrones reproductivos ni de consumo. Como consecuencia, somos cada vez menos jóvenes y más viejos. Ya existen naciones en crisis donde la población adulta supera por mucho a la fuerza laboral, lo que hará matemáticamente imposible sostener los sistemas de pensiones a menos que abran sus fronteras a la migración. 

Si no se inyecta juventud activa a la economía, el colapso del sistema nos arrastrará a nosotros y, eventualmente, también a ellos.


Los de mi edad estamos de salida, y contra el tiempo no se puede pelear. Pero el barco no puede quedarse a la deriva. Los millennials y la generación Z deben asumir el control y llevar al país a su siguiente etapa histórica, en donde las etiquetas ideológicas de "izquierda" o "derecha" son conceptos obsoletos del siglo pasado que ya no funcionan para resolver problemas tangibles. 


México transita por una ruta tan peligrosa que solo la juventud podría rescatarlo. Les toca tomar el timón, corregir nuestros desaciertos y orientar la nación hacia el rumbo que ellos consideren viable.


No tienen que pedir permiso ni esperar a que les entreguen la llave; deben arrebatar el control por las vías que descubran, porque nuestra generación, salvo unos pocos, no se va a retirar convencida ni va a reconocer sus errores de forma voluntaria. 


A nosotros nos toca dar una última batalla: pelear para cambiar el país que les dejaremos a través de la única herramienta democrática disponible: el voto. 

El Instituto Nacional Electoral (INE) revela una realidad incómoda en sus estudios censales de participación: los adultos mayores de 60 años registran los índices de votación más altos (superando el 60%), mientras que el sector juvenil históricamente le da la espalda a las urnas, porque no cree en los políticos ni en los partidos, por eso concentran tales niveles de abstencionismo. 


Somos pocos los mayores, y si la juventud no sale a votar en masa, las decisiones las seguiremos tomando los que ya nos vamos. Ojalá decidan entrar y arrebatar con sus votos todo aquello que les pertenece.

Y cuando lo hagan, no voten por el «menos malo». Ejerzan su derecho pleno y rompan el molde y voten por el mejor desde su propia óptica, convicción y decisión personal. 

El timón es suyo.

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