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La trampa del cinismo

11 de septiembre de 2026
Sota, Caballo y Rey

Sota, Caballo y Rey

Dr. Fernando A. Herrera
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Por qué México sí tiene remedio


La última publicación de la periodista Anabel Hernández, basada en las confesiones de Sergio Villarreal Barragán, "El Grande", nos deja frente a un panorama desolador. Al recorrer sus páginas y ver la interminable pasarela de funcionarios, militares y políticos que se arrastraron a los pies de la delincuencia organizada, resuena la conclusión del capo: no hay remedio, todos son iguales.


Quienes observan la terca realidad nacional podrían darle la razón. La historia reciente parece confirmar su cinismo. La caída de Arturo Beltrán Leyva no fue un triunfo de la justicia, sino la administración de una traición interna: el Estado no eligió la ley, eligió un bando. Si eso es lo único que existe —el intercambio de favores entre facciones—, el escepticismo está justificado.


Y sin embargo, la conclusión de "El Grande" padece de una ceguera particular: la falta de perspectiva histórica. Es la mirada de quien opera en el fango inmediato del poder y confunde una noche oscura con un destino permanente. Ni la historia de México desde la Independencia, ni su accidentado devenir posrevolucionario, autorizan el nihilismo de que un país está condenado para siempre.


Para entender lo que de verdad nos ocurre vale la pena acudir a un hombre que vio de cerca el colapso moral de una de las sociedades más cultas de la Tierra. Desde su encierro, al inicio del régimen nazi, el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer reflexionó sobre lo que más lo perturbaba: la sumisión de millones de personas preparadas y de buena voluntad que aplaudían la barbarie mientras el poder extremo se apoderaba de la sociedad alemana.


Bonhoeffer lo llamó "teoría de la estupidez": no es un defecto de inteligencia, sino un fallo moral. El ascenso de un poder avasallador privaba a los individuos de su independencia interna; no es que de pronto se volvieran ignorantes, sino que abdicaban de su juicio crítico a cambio de recuperar el orden, la certeza, el sentimiento de pertenencia o, simplemente, por miedo. Dejaron de razonar, repetían consignas del régimen y se volvieron incapaces de registrar el mal que veían hacer y dejaban pasar.


La comparación tiene un límite que conviene reconocer: Bonhoeffer describía la sumisión de una sociedad a un Estado totalitario que controlaba todo. En México no es el Estado el que somete a la sociedad de esa manera, sino una red de programas sociales que distribuyen dinero sin intermediarios. Al inscribirse, las familias reciben cantidades mensuales sin supervisión ni controles. Es un sistema pensado para que la sociedad voltee los ojos a otro lado, para que deje hacer y deje pasar. Mientras tanto, las complicidades entre autoridades y crimen organizado ya no se limitan al acuerdo tácito: ahora trabajan juntos para ganar elecciones, a cambio de que nadie los moleste al delinquir, y comparten las ganancias con esos gobiernos. El dinero actúa como una droga que erosiona, poco a poco, la voluntad social. El mecanismo moral —la renuncia cómoda al juicio propio— es el mismo aunque el objeto de sumisión sea distinto. Eso, y no una maldad genética del mexicano, es lo que "El Grande" confundió con destino.


Los sistemas basados en la complicidad y la sumisión voluntaria tienen fecha de caducidad. No porque exista una ley de la historia que garantice el final feliz —no la hay—: ahí están Haití, Nicaragua, Cuba y Venezuela, que llevan décadas sin encontrar salida. Tienen fecha de caducidad porque ningún arreglo sostenido en la dádiva para ocultar la traición a la sociedad resiste indefinidamente el peso de sus propias fracturas internas y su creciente inviabilidad económica. Alemania y Japón tocaron fondo por derrotas militares y ocupaciones que impusieron desde fuera una reconstrucción institucional; la URSS colapsó por agotamiento económico interno. Los caminos de salida fueron distintos entre sí, y México tendrá que encontrar el suyo propio: no hay atajo garantizado, pero tampoco hay condena eterna.


México sí tiene remedio, aunque no venga de la política electoral inmediata ni de la aparición de un redentor. Bonhoeffer sostenía que a la estupidez colectiva no se le vence con más argumentos, sino con la liberación interior del individuo: alguien que decide, uno por uno, dejar de repetir consignas y volver a pensar por sí mismo. Ahí empieza —lento, disperso, sin garantías— cualquier salida real.


El cambio profundo toma tiempo y suele estar precedido por las horas más amargas; eso sí parece repetirse en la historia, aunque no como ley, sino como advertencia.

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