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El motor indocumentado

8 de septiembre de 2026
Sota, Caballo y Rey

Sota, Caballo y Rey

Dr. Fernando A. Herrera
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El análisis de la interdependencia entre México y los vecinos del norte más allá del billón de dólares de intercambio anual de mercancías, debe contemplar muchas otras actividades fundamentales para la vida económica de ese país. 


La paradoja de la política estadounidense es que mientras se criminaliza la migración en el discurso, se niegan a reconocer la realidad de que su economía la necesita para seguir su dinámica.


Estados Unidos enfrenta un doble desafío que el dinero no puede resolver: la edad de su población trabajadora aumenta porcentualmente por encima de los jóvenes que se incorporan al mercado laboral. En consecuencia, los nacimientos ya no compensan la partida ni el retiro de sus mayores.


A la par, se ha dado un cambio drástico en las aspiraciones de las nuevas generaciones. La transformación educativa y tecnológica de las últimas décadas modificó las metas de su juventud. Los jóvenes de hoy, testigos de las crisis económicas que asfixiaron a la generación de sus padres —quienes solo contaban con estudios de high school—, decidieron ir por más educación. Así, inundaron las universidades persiguiendo la capacitación para acceder a las industrias financiera, digital y de servicios.


El resultado es una alarmante escasez de personas dispuestas a aceptar empleos físicos y operativos. Hoy en día, las aulas universitarias están llenas mientras falta gente que trabaje en los campos, en las obras públicas, que desempeñe los oficios de apoyo en los hogares o que conduzca los camiones indispensables para todo tipo de movilización de mercancías.


Los estadounidenses nativos no han abandonado el trabajo rudo por falta de ganas, sino porque la economía del país evolucionó hacia los servicios y exige un conocimiento especializado para acceder a esos empleos y aspirar a una mejor calidad de vida. Esta evolución, sin embargo, choca de frente con la urgencia histórica de renovar el país.


Estados Unidos se ha hecho viejo en su infraestructura básica. Sus vías de comunicación, puentes, redes ferroviarias y sistemas de transporte masivo exigen un mantenimiento crítico y renovación que requiere millones de manos. ¿Quién va a construir las obras de la nueva ley de infraestructura si no hay trabajadores? 


La respuesta matemática y sociológica es: los inmigrantes. Ellos son quienes asumen el riesgo en las alturas de las construcciones y el desgaste físico que el relevo generacional estadounidense abandonó.


El problema se extiende desde todos los ángulos como la alimentación y hasta la energía. La cadena de suministro agroalimentaria estadounidense depende críticamente de la mano de obra inmigrante; les urge quien levante las cosechas y, de igual manera, conductores que manejen los camiones de carga pesada desde los campos de cultivo hasta los centros de distribución urbana. Sin ellos, los supermercados de Texas, California o Illinois se vaciarían en cuestión de días. 


Lo mismo ocurre en el sector energético, donde las tareas más complejas y rudas de la extracción de petróleo y gas siguen siendo sostenidas por trabajadores migrantes que dinamizan la autosuficiencia energética.


Al final, la geografía y la demografía dictan una sentencia irreversible. Estados Unidos tiene la urgencia de modernizarse y el dinero para hacerlo, pero México y el resto de la fuerza laboral migrante poseen la juventud y la capacidad de ejecutar el trabajo. 

Intentar frenar este flujo con aranceles o muros es un suicidio logístico que paralizaría la reconstrucción de hogares y sus ciudades, además se echarían a perder sus alimentos en los campos y apagaría, por completo, los motores de su transporte.


Cerrar los ojos ante esta realidad es el verdadero peligro. La retórica de campaña puede alimentar el debate electoral y encender las tribunas, pero los mercados y la demografía tienen sus propias leyes inflexibles. 

Al final del día, la prosperidad del gigante del norte no se sostiene únicamente con dólares, sino con el esfuerzo diario de esos brazos que la política insiste en ignorar, pero que la realidad vuelve indispensables.

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